
La Costa Azul es un territorio cargado de referencias procedentes de la historia del arte, el cine y la cultura visual de masas. Estas despiertan en nosotros un cúmulo de imágenes a las que resulta muy difícil sustraerse, hasta el punto de que la percepción de la realidad queda condicionada por la densidad de un imaginario colectivo que opera como un filtro previo, dificultando cualquier aproximación que aspire a escapar del cliché. Desde el punto de vista fotográfico, estos clichés se materializan principalmente en dos representaciones: por un lado, la fotografía de recuerdo, testimonio de la naturaleza excepcional de la experiencia turística vivida por el visitante, y por otro, la postal, que resalta el carácter extraordinario del lugar.
Pese a haber sido tomadas en uno de los principales destinos turísticos del mundo, Promenade no nace de la experiencia excepcional del viaje, sino de la repetición cotidiana, de la familiaridad y del desgaste de un paisaje atravesado una y otra vez. Desvinculándose de la mirada oficial —aquello que “hay que ver”—, la serie propone una deriva insistente, casi obstinada. Fotografiar repetidamente el mismo espacio no conduce a la redundancia, sino a una decantación progresiva de la mirada: los elementos marginales, los accidentes y las imperfecciones del paisaje que pasan inadvertidos al visitante ocasional comienzan a emerger, desplazando el centro de interés desde lo que tradicionalmente se considera digno de ser visto hacia lo marginal, lo imperfecto, lo que no reclama atención.
Las imágenes, sobrias y despojadas de énfasis narrativo, funcionan como contrapeso a los excesos del turismo de masas y a la saturación visual producida por la hiperproducción de imágenes contemporánea. Promenade se inscribe así en una voluntad de distanciamiento crítico respecto a estos regímenes de representación, e invita al espectador a reconsiderar su relación con el paisaje, contemplándolo desde una atención renovada.












